El mundo emprendedor, como tantos otros universos, está siendo transformado por la inteligencia artificial. Uno de los conceptos que viene tomando forma desde hace tiempo es la idea de las empresas de una sola persona que, con la ayuda de la IA, trabajan a la escala que antes exigía un equipo de cincuenta. Esta semana me crucé con un artículo que contaba esta posibilidad de manera concreta, describiendo una empresa de mil ochocientos millones de dólares que tiene apenas dos empleados (son hermanos). La puso en marcha un solo hombre desde su casa en Los Ángeles, con herramientas de inteligencia artificial, en dos meses.

El caso tiene sus sombras -como casi toda historia que parece demasiado redonda- pero lo interesante es que le da forma a un fenómeno que ya tiene varios nombres, ninguno del todo bueno. El más difundido es one-person unicorn: la empresa valuada en más de mil millones de dólares sin empleados. Sam Altman lo anticipó en 2024. Agentpreneur: el emprendedor que en lugar de contratar personas, coordina un ejército de agentes de IA. También está el más modesto solopreneur, que viene de antes de la IA y hoy se actualiza con ella. La idea de fondo es sencilla y un poco inquietante. Los agentes de IA escriben código, atienden al cliente, arman campañas, manejan la infraestructura. El fundador deja de ejecutar para volverse algo así como director de orquesta de un equipo invisible.

Si bien parece un tema que impacta sobre todo a las empresas tecnológicas, se me hizo inevitable pensarlo en función de las industrias culturales y creativas. Me largué a investigar y encontré productores que graban álbumes enteros en tres días con menos de quinientos dólares. Estudios de animación de nueve personas que hacen largometrajes en noventa días (cuando lo tradicional es cien personas y dos años de trabajo). Diseñadores que trabajan solos con la capacidad de producción de una agencia mediana. Desarrolladores de videojuegos que aprenden sobre la marcha y venden decenas de miles de copias en el primer mes. Marcas de moda artesanal que pasaron de diseñar diez productos por mes a cinco mil.

Quizás sesgado por mi relación con el sector, me gusta pensar que estos proyectos apuntan a algo más que la maximización de ganancias. No parecen aspirar al one-person unicorn que vimos más arriba sino a hacer algo con alma, usando las herramientas que nos traen estos tiempos cada vez más veloces. Yo lo llamo el estudio de uno. A veces son dos, o tres, o cinco — el punto no es el número. El punto es que opera con la estructura de un taller y la escala de un estudio grande. Integra la tecnología pero hace más relevante que nunca la pregunta de siempre: ¿qué vale la pena crear?

Como pasa con todo lo que aparece rápido, la cosa viene con promesas y tensiones reales. La misma IA que le permite a un creador independiente competir globalmente también concentra el poder en cinco empresas de Silicon Valley. La misma tecnología que abarata la producción proyecta pérdidas de ingresos del 24% para creadores musicales y audiovisuales hacia 2028, según la UNESCO. Ojalá la moneda caiga para el lado correcto.

Esta edición está dedicada a mapear ese territorio: los casos que lo muestran, los patrones que lo explican, y algunas ideas para pensar qué hacer con todo esto desde el lugar que cada uno ocupa en la economía creativa.

¡Les doy la bienvenida a una nueva edición de Pulmón Creativo!

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