La pregunta equivocada. La IA no nos va a reemplazar a los que hacen cultura. Pero tampoco va a regalar nada: la forma que tome la tenemos que decidir nosotros. Enrique Avogadro
Esta es la pregunta que más escucho este año en mis charlas o cursos: “¿La inteligencia artificial nos va a reemplazar a los que hacemos cultura?”. Siempre viene con una mezcla de miedo y de bronca. Siempre la contesto desde mi optimismo irracional, diciendo algo como que no podemos darnos el lujo de quedarnos afuera, que hay que educarse en el tema, que el cambio es la única constante. Pero la verdad es que todo va tan rápido que no lo tengo tan claro.

Esta semana vi una entrevista a Kevin Kelly, uno de mis gurúes de cabecera, fundador de la revista Wired y gran tirador de máximas para guardar en su sitio kk.org. Kelly dice una cosa que podría ir a un sobrecito de café pero que encierra un pensamiento profundo: no necesitamos predecir el futuro perfecto; necesitamos prototiparlo. Frente a una tecnología nueva, perdemos un tiempo enorme tratando de adivinar qué va a pasar. Él propone algo más audaz: dejar de intentar adivinar para empezar a probar. “La única manera de orientar una tecnología es usándola”, dice. Si la prohibís, si la mirás de afuera con los brazos cruzados, perdés la oportunidad -el derecho- a darle forma.
Me encantó porque ordena más claramente una respuesta posible, esperanzada, a la pregunta habitual sobre el impacto de la IA en el mundo de la cultura y la creatividad. Es una invitación a arremangarse y ponerse a trabajar, probando las herramientas en casos concretos para explorar sus usos posibles y, sobre todo, para moldear su devenir.
Esta semana también leí un artículo de Netia Jones, directora asociada de la Royal Opera House de Londres, que dialoga de manera muy concreta con la posición de Kelly. Jones sostiene que la IA no debería verse únicamente como una amenaza apocalíptica para las artes, sino como una tecnología que hay que interrogar críticamente y, en ciertos casos, usar como herramienta de colaboración. Desde la ópera -un arte que históricamente combinó oficios antiguos con innovaciones técnicas- propone mirar hacia adelante sin abandonar lo artesanal, lo humano y lo vivo. Para ella, la IA generativa que imita textos, imágenes o música es quizá la parte menos interesante; lo valioso está en cómo abre nuevas formas de interacción, experimentación y pensamiento. En su festival, una soprano le mandó grabaciones de su voz a un artista que las pasó por un sistema de IA, y de ahí salió un sonido -entre canto y llamado de pájaro- que ella nunca había hecho. Ahora puede hacerlo. La máquina no reemplazó a la artista: le amplió el repertorio de lo que su propio cuerpo era capaz. Pasó mucho antes con la fotografía, que cambió para siempre la manera en que los pintores miraron el mundo. Las tecnologías nuevas no borran a las viejas: cambian las condiciones en las que un artista piensa y crea.
Hay, por supuesto, una lista larga y densa de motivos legítimos para estar en alerta: autoría, consentimiento, apropiación de voces e imágenes, impacto laboral, ambiental y social. Un detalle no menor: buena parte de los grandes modelos se entrenó con el trabajo de millones de creadores sin pedirles permiso, sin pagarles y sin darles crédito. Y hay una letra chica todavía más grande: usar no es lo mismo que orientar. Quien decide los detalles que de verdad importan -de quién es el modelo, con qué datos se entrenó, si es abierto o cerrado, quién cobra y quién no- no es el que usa la herramienta, es el que la posee.
Y acá Jones, mientras tanto, tira una idea que me dio vuelta la cabeza y que podría ser la salida a este laberinto. Cuando una tecnología se vuelve dominante, lo que más falta hace no son “los que la usan bien”, sino las voces subversivas, “los que la usan mal”: los artistas, los maestros, los filósofos que se atreven a cometer errores adentro de la máquina. Y ahí vuelvo a Kelly, porque las dos puntas se tocan: usarla mal a propósito es prototipar. Aparece con fuerza un protagonista distinto. Ya no el ingeniero, sino el creador que entra a la máquina a ensuciarla con preguntas que la industria no se hace.
Por eso creo que la pregunta del principio está mal formulada. “¿Nos va a reemplazar?” da por sentado que somos espectadores de algo que nos pasa, cuando en realidad somos de los que todavía estamos a tiempo de escribir las reglas. A eso vamos a dedicar esta edición de Pulmón Creativo: a explorar las respuestas posibles, con el optimismo y las evidencias como banderas. ¡Allá vamos!
Herramientas Inspiradoras
Seis artistas, comunidades e instituciones que ya están buscando formas de entrarle a la máquina para usarla “bien”, usarla “mal”, y sobre todo a construir algo propio.
🧑🎨 1. La IA que restaura el paso del tiempo. El ingeniero Alex Kachkine, del MIT, desarrolló un método que genera una “máscara” restauradora -imprimible y removible- para reparar pinturas dañadas: restauró una tabla del siglo XV en 3,5 horas, contra las 232 que habría llevado a mano. Sesenta y seis veces más rápido. La IA puede devolver al público el 70% de las obras que hoy duermen en depósitos por falta de tiempo y plata. 👉 Alex Kachkine.
🌀 2. El faro mundial de la soberanía de datos. En Nueva Zelanda, la organización maorí Te Hiku Media construyó su propio reconocimiento de voz en lengua te reo con una licencia donde la comunidad no es dueña de los datos sino su custodia: el beneficio vuelve siempre al pueblo de origen. Más de 2.500 personas leyeron 200.000 frases en diez días; el sistema reconoce el te reo con 92% de precisión. 👉 Te Hiku Media.
🎙️ 3. La música que se diseña sus propias reglas. La compositora Holly Herndon entrenó su propia IA vocal con su voz y la de un ensamble de allegados -todos acreditados y pagados- y en The Call (Serpentine, Londres, 2024) grabó quince coros británicos para entrenar modelos corales con consentimiento explícito. El gesto clave no es usar la IA: es construir tu propio modelo con permiso y crédito, de modo que entrenarla se vuelva un acto creativo y no un robo. 👉 Holly Herndon.
🗣️ 4. La IA para defender la lengua. En Paraguay, el medio digital El Surtidor lanzó AIkuaa -un juego de palabras entre “IA” y ikuaa, “saber” en guaraní- para que las tecnologías de voz entiendan y hablen guaraní, una lengua mayormente oral que casi siete millones de personas hablan en Paraguay, Bolivia y la Argentina, y que los grandes modelos ignoran. ¿Cómo juntan los datos? Con mingas: hackatones comunitarios que heredan la vieja tradición latinoamericana del trabajo colectivo, donde la gente graba su propia voz para alimentar una base abierta. 👉 AIkuaa.
🎹 5. El que usó “mal” la tecnología hace 70 años. El compositor Conlon Nancarrow, exiliado en México, agarró la pianola -esa máquina pensada para reproducir a un pianista- y la usó para lo contrario: componer piezas rítmicamente imposibles para cualquier mano humana, perforando rollos de papel a mano durante décadas. Influyó en Ligeti y en Zappa. Fue reconocido muy tardíamente. 👉 Conlon Nancarrow.
Por: Enrique Avogadro

