En TikTok y otras redes, lore es básicamente revelar un fragmento intenso de tu historia personal. Un episodio que explica quién sos. Puede ser un evento canónico que, como en las sagas de superhéroes, marca tu desarrollo como personaje. La palabra viene del inglés antiguo lár: conocimiento transmitido, saber que se aprende siguiendo las huellas de otros. Durante años fue patrimonio del mundo gamer: el lore era el trasfondo oculto de un universo ficticio. La historia del mundo más allá de la misión principal.

Hoy el término se usa para hablar de identidad. Y más allá de una moda eventualmente pasajera, me pareció una señal interesante para pensar la época a través del prisma de la economía creativa. Durante décadas, las industrias culturales vendieron historias. Después vendieron personajes. Y hoy venden universos. Henry Jenkins lo explicó hace tiempo: en la economía transmedia el eje no está puesto en una película, sino en la posibilidad de construir un mundo capaz de sostener múltiples historias en múltiples plataformas. Los números son contundentes: Star Wars facturó mucho más en merchandising que en venta de entradas, Marvel multiplicó por más de ocho la inversión inicial de Disney, y Pokémon se convirtió en la franquicia más rentable de la historia. Lo que se monetiza no es una trama puntual sino el ecosistema narrativo.

El fenómeno va mucho más allá de Hollywood. En el gaming, Dark Souls convirtió el lore en mecánica: la historia no se explica sino que se va construyendo y la comunidad completa el rompecabezas en foros y wikis. En el K-pop, los grupos ya no lanzan canciones sino universos: el BTS Universe integra música, webtoons y videojuegos en una narrativa cruzada. En el lujo, Hermès no vende prendas: vende la posibilidad de ser parte de su historia. El lore es capital simbólico acumulado en el tiempo. Pero no todo lore es virtuoso. La Generación Z tiene un radar implacable para detectar autenticidad manufacturada. El lore no se improvisa. Se cultiva en el tiempo.

Y acá aparece la pregunta incómoda para América Latina. Tenemos una de las reservas narrativas más potentes: el tango, las cosmogonías indígenas, la épica futbolera, el realismo mágico, el paisaje como símbolo. Pero rara vez convertimos ese capital narrativo en una arquitectura sostenida en el tiempo. Tenemos las historias pero nos falta la mirada sistémica.

En una época saturada de contenido efímero, lo que realmente construye valor es la acumulación paciente de sentido. El lore es memoria organizada en una narrativa con profundidad temporal. Y en la economía creativa contemporánea es más importante construir mundos que productos.

Vamos entonces a dedicar esta edición de Pulmón Creativo a explorar el lore desde sus dimensiones más prácticas. Gracias por acompañarme en está aventura.

Un millón de videos explicando el lore para quienes somos mayores

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