LA ESCRITORA MEXICANA, ELIANA MONTEMAYOR: «SOLTAR PARA SANAR» NACIÓ DE ESE CRUCE ENTRE EXPERIENCIA PERSONAL Y OBSERVACIÓN HUMANA

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La escritora mexicana, en exclusiva para cadenaiberonews.com.ar, y buenosairesenvivo.com, presenta un libro a partir de su propia necesidad personal de dar un alto para poder continuar. Montemayor crea esta obra como un diálogo con el lector, una sintonía de necesidades distintas pero compatibles en cuanto a buscar respuestas. En esta conversación nos dice que parar no puede ser visto como una pose, como una moda. También se detiene a pensar en aquellas personas que, por necesidad diaria, no pueden dar ese alto que tanto les urge.  
   Con un lenguaje claro, cálido y poderoso, en 136 páginas, esta obra entrelaza psicología práctica, neurociencia y sabiduría emocional para ayudarnos a dejar atrás lo que nos lastima y motivarnos a recuperar nuestro amor propio.  “Soltar para sanar” ha sido traducido a más de 25 idiomas.

                       ¿Quién es Eliana Montemayor?

   Eliana Montemayor: Soy una mujer que, durante mucho tiempo, creyó que tener todo bajo control era una virtud. Con los años entendí que la verdadera fortaleza no siempre está en resistir, sino en mirar de frente aquello que venimos cargando sin preguntarnos por qué.

   Me reconozco como escritora, pero también como una persona en proceso. Me interesa poner palabras a eso que muchas personas sienten y no siempre saben cómo nombrar: la culpa, el cansancio emocional, los duelos silenciosos, la ansiedad, los vínculos que pesan y esa dificultad de elegirnos sin sentirnos egoístas.

   No escribo desde una tarima ni desde el lugar de quien ya resolvió todo. Escribo desde una conversación sincera, desde ese punto en el que alguien puede decir “esto también me pasó” y sentirse menos sola.

                 -¿Soltar para sanar nace de tu historia personal?
   E.M.: – Nació de mi propia búsqueda, pero también de observar un dolor que se repite mucho: personas que funcionan por fuera, cumplen, trabajan, cuidan, responden mensajes y sonríen, mientras por dentro están agotadas o heridas. Me preguntaba por qué seguimos sosteniendo ciertas cosas, cuánto de nuestra vida elegimos realmente y a quién intentamos demostrarle que podemos con todo. Con el tiempo entendí que esas preguntas no eran solo mías; pertenecen a una época que nos enseña a producir y resistir, pero casi nunca a detenernos.

   Soltar para sanar surge de ese cruce entre experiencia personal y observación humana. No propone fórmulas rápidas; invita a mirar lo que duele, reconocer lo que ya no podemos seguir cargando y vivir con más verdad y menos violencia hacia nosotros mismos.

                   -¿Qué tuviste que liberar para llegar hasta acá?

E.M.: – Tuve que liberar la versión de mí que confundía amor con complacencia: esa parte que decía “sí” cuando quería decir “no”, que sonreía para evitar conflictos y que pedía perdón incluso por necesitar espacio.

    También tuve que soltar la idea de que ser fuerte era poder con todo. Esa creencia puede parecer valentía, pero con el tiempo se convierte en una cárcel. Nadie puede vivir eternamente sosteniendo una imagen de invulnerabilidad.

    Lo más difícil fue reconocer que algunas cosas que necesitaba dejar atrás también me habían protegido. La exigencia me dio resultados, el silencio me evitó problemas y la complacencia me hizo sentir aceptada. Pero lo que en una etapa ayuda a sobrevivir, en otra puede impedir vivir con libertad.

                  – ¿Las exigencias del día a día son una carga?

E.M.: – Sí, sobre todo cuando la vida deja de sentirse como vida y empieza a parecer una lista interminable de pendientes. No creo que el problema sean las responsabilidades en sí; todos tenemos trabajo, familia, cuentas, mensajes, decisiones y días en los que hasta descansar parece una tarea más.

   La carga aparece cuando sentimos que nunca alcanza: nunca producimos, descansamos, respondemos o resolvemos lo suficiente. Entonces uno vive con la sensación de estar siempre debiendo algo.

   Necesitamos distinguir entre responsabilidad y autoabandono. Cumplir con lo que nos toca está bien; desaparecer dentro de las exigencias, no. Hay una línea fina entre hacerse cargo de la vida y tratarse como si uno fuera una máquina que no puede detenerse.

    – Mucha gente habla de la necesidad de parar, incluso personas públicas. ¿La sociedad necesita parar?

E.M. – Sí, pero no como una pose bonita ni como una frase de moda. Necesitamos parar para recuperar criterio. Vivimos a una velocidad que muchas veces no nos permite entender qué sentimos, qué queremos o qué estamos sacrificando para llegar a donde supuestamente deberíamos llegar.

   Hoy todo parece urgente: responder, producir, opinar, estar disponibles, mostrarse bien, reinventarse, sanar, crecer, descansar y además documentarlo todo. Incluso el bienestar se volvió una exigencia más, como si también tuviéramos que sentirnos en paz de manera eficiente.

   Cuando tantas personas dicen “necesito parar”, no lo leo como debilidad, sino como una señal. Hay un cansancio social que ya no se puede maquillar con café, frases motivacionales o productividad. Una sociedad que no sabe detenerse termina confundiendo agotamiento con compromiso.

  – ¿Y cómo se detiene una persona que tiene que luchar a diario para pagar las cuentas?

E.M.: – Esa pregunta es fundamental, porque no podemos hablar de parar como si todas las personas tuvieran las mismas condiciones. Hay gente que no puede tomarse una semana frente al mar, apagar el celular y “reconectar consigo misma”. Hay alquiler, hijos, transporte, deudas, trabajo, comida, luz, pendientes y una heladera que no se llena con frases inspiradoras.

Por eso hay que hablar del descanso con los pies en la tierra. Para quien lucha todos los días, detenerse no siempre significa cambiar la rutina completa. Puede ser recuperar un pequeño margen dentro de una vida exigente: respirar antes de responder, no castigarse por estar cansado, pedir ayuda sin vergüenza, dormir cuando se puede, dejar una discusión para otro momento o decir “hoy no llego” sin convertirlo en una condena personal.

No se trata de romantizar la resistencia ni de ponerle incienso a la precariedad. Hay cansancios con causas concretas y condiciones materiales muy duras. Pero incluso ahí, una persona necesita encontrar formas de no abandonarse por completo. A veces parar empieza por tratarse con menos violencia interna.

  – ¿El sistema nos necesita cansados o el agotamiento surge de la misma condición humana?

E.M. – Creo que ambas cosas conviven. La vida humana ya trae desafíos enormes: amar, perder, trabajar, cuidar, decidir, equivocarse, empezar de nuevo y despedirse de personas, etapas o versiones propias. Estar vivo exige energía emocional.

   Pero también vivimos en una cultura que convirtió el cansancio en mérito. Se admira a quien no para, a quien siempre responde, a quien produce sin descanso y está disponible incluso cuando ya no puede más. Hemos confundido valor con rendimiento y compromiso con desgaste.

   No diría que el sistema necesita nuestra destrucción, pero sí se beneficia cuando estamos demasiado cansados para hacernos preguntas importantes. Una persona agotada decide desde la urgencia, posterga sus límites y se acostumbra a vivir en modo supervivencia. Por eso sanar también implica recuperar lucidez: preguntarnos qué estamos normalizando y qué precio estamos pagando.

    – ¿El mundo virtual está ocasionando mucho ruido interior?

E.M.: – Sí, aunque no creo que la tecnología sea enemiga. El problema es que nuestra atención se volvió un territorio en disputa. Entramos a una pantalla para distraernos un minuto y salimos cargando comparaciones, noticias, cuerpos, éxitos, tragedias, discusiones y vidas ajenas que no habíamos pedido llevar encima.

   El ruido virtual no siempre se siente como ruido. A veces entra como una comparación que baja el ánimo, una noticia que deja tensión o una imagen que nos hace sentir insuficientes. Repetido todos los días, eso satura la mente.

   Necesitamos una higiene emocional digital. No desde el miedo, sino desde la conciencia: preguntarnos qué consumimos, para qué lo consumimos, cómo nos deja y cuánto de nuestra paz entregamos a contenidos que ni siquiera elegimos del todo.

             – ¿Hacia dónde avanza Eliana Montemayor?

E.M.: – Avanzo hacia una escritura cada vez más honesta y más responsable. No me interesa adornar el dolor ni prometer una paz instantánea. Me interesa acompañar procesos reales, con contradicciones, recaídas, preguntas incómodas y pequeños avances.

   Después de Soltar para sanar, siento que se abre una conversación más amplia sobre vínculos, límites, culpa, ansiedad, autoexigencia y amor propio sin maquillaje. Quiero seguir escribiendo desde un lugar verdadero, no desde una máscara bonita.

   Me gustaría que este libro llegue a personas que no necesitan que les digan qué hacer, sino que alguien les recuerde que no están solas en lo que sienten. Hacia ahí avanzo: hacia una obra que abrace sin infantilizar, que cuestione sin imponer y que recuerde que sanar no es convertirse en alguien perfecto, sino aprender a vivir con una relación más digna, más libre y más compasiva con una misma.
     Soltar para Sanar” es una invitación directa a cultivar amor propio, sanar heridas, establecer límites y habitar una paz interior más amplia.  La libertad no llega porque el mundo cambie; comienza cuando cambias la forma en que te abrazas por dentro y sueltas lo que ya no eres.
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