La escritora Miriam Conde Redondo:     “Las personas anónimas son las que sostienen el mundo”

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   – ¿Te interesa la historia de las personas anónimas?
M.C.R-: – Sí, me interesa mucho. De hecho, casi siempre me atrae bastante más la historia de personajes comunes que la de los grandes nombres que subrayábamos en el colegio. Las personas anónimas son las que sostienen el mundo.  Mientras unos firman tratados, otros siguen levantándose a trabajar, cuidan de los suyos, esconden sus miedos y toman sus decisiones sin que nadie les haga una estatua. 
Además, las personas anónimas tienen una ventaja narrativa enorme y es que no me llegan con una imagen cerrada. Puedo crearlas, descubrirlas o interpretarlas, y eso me permite trabajar con mayor libertad, pero también con más respeto, porque detrás de cada silencio puede haber una biografía entera esperando a que alguien se fije en ella. A veces basta una abuela, un vecino o alguien que guardó un objeto durante décadas para que una novela empiece a respirar.
Por eso me interesan tanto, porque, al final, la Historia no la construyen solo los nombres que luego aparecen en los libros, sino fundamentalmente las personas que no llegan al relato principal. Y, precisamente en esas vidas discretas, casi invisibles, es donde late la parte más humana, más honda y más reveladora de una época.
                    – ¿De esa inquietud nace “La mirada de la Diosa”?
M.C.R.: – Sí, justamente nace de ahí, de la necesidad de mirar el pasado no solo desde la gran épica, sino también desde la vida privada de quienes la soportaron. En «La mirada de la Diosa» me interesaba contar cómo una historia familiar puede quedar atravesada por un conflicto histórico mucho mayor, y cómo esa mezcla acaba definiendo a quienes vienen después.
La novela surge de una pregunta bastante sencilla, ¿Qué ocurre cuando una familia guarda durante años algo que podría cambiarlo todo? A partir de esa idea, la trama empezó a enlazar dos tiempos, dos búsquedas y varias capas de memoria. No quería una historia solo de códigos y secretos, quería que todo eso conviviera con los personajes y se contagiaran mutuamente.
También hubo algo muy intuitivo en el origen del libro. Al principio aparece una imagen, una emoción, una sospecha, y luego todo el estudio y la documentación me obliga a ponerlo todo en suelo firme. En este caso, esa inquietud por las personas anónimas, por lo que se oculta y por lo que se transmite sin palabras, fue el motor de la novela. El resto, el misterio histórico, los objetos, la intriga, los viajes entre épocas, fueron el plumaje con el que se adornó el relato.
                   – ¿Qué cuenta tu novela? ¿La diosa es un personaje?
M.C.R.: – “La mirada de la Diosa” cuenta una historia de herencias y secretos, en la que el pasado sigue actuando sobre el presente con una energía bastante poco educada.  La novela sigue a Gonzalo, que descubre unos cuadernos cifrados vinculados a su abuelo Jonathan, operador de radio británico en la Segunda Guerra Mundial, y a Sara, que regresa a la costa cántabra y se encuentra con un hallazgo inesperado en su propia casa familiar.
La diosa no es un personaje en el sentido convencional, con nombre y agenda propia, pero sí funciona como una presencia simbólica muy poderosa. Representa la mirada que observa, que guarda, que interroga. En la novela, esa figura conecta lo espiritual y lo histórico, y acaba convirtiéndose en una especie de eje secreto que organiza el sentido de todo lo demás.
Me interesaba que el lector sintiera que la novela avanza por descubrimientos, pero también por resonancias. A veces lo que parece un detalle secundario acaba teniendo más peso que un gran acontecimiento. Y eso pasa mucho en la vida, uno cree que el dato importante es una fecha, y resulta que era una caja o una conversación mal cerrada hace treinta años.
En el fondo, la novela cuenta eso, cómo una verdad enterrada cambia la forma en que una familia se entiende a sí misma. La diosa, más que hablar, mira. Y a veces una mirada desordena más que un discurso entero.
 – Narras las vivencias de familias en medio de acontecimientos históricos generales. ¿El ciudadano común se siente representado en tu obra?
M.C.R.: – Eso espero, y además me parece importante que así sea.  El ciudadano común no suele protagonizar las noticias históricas, pero sí carga con sus consecuencias.  La novela intenta precisamente mostrar que la gran Historia no ocurre en abstracto, sino en la vida de gente que tiene que seguir trabajando.
Me interesa que el lector vea reflejadas esas experiencias ordinarias porque ahí está la verdad emocional de la época. Una guerra, una dictadura, una posguerra o una crisis no son solo conceptos; son la manera en la que alguien deja de hablar, cambia de país o guarda un objeto durante medio siglo sin decir por qué.  Esas pequeñas acciones son las que dan forma a la memoria colectiva.
Creo que el ciudadano común se siente representado cuando la ficción le recuerda a sus propias anécdotas, a su propia realidad, aunque no aparezca en los titulares. Esa representación no necesita solemnidad; necesita cercanía. 
Por eso mis personajes suelen estar en lo cotidiano, incluso cuando la trama los empuje hacia acontecimientos enormes. No me interesa convertirlos en estatuas, sino en personas reconocibles. Si el lector llega a pensar que eso podría pasarle a su familia, entonces voy por el camino correcto.
– ¿La novela histórica omite con frecuencia el papel de las personas anónimas en los grandes sucesos?
M.C.R. – Sí, a menudo lo deja en segundo plano, y por eso precisamente me interesa tanto ese territorio. La novela histórica puede caer en la tentación de concentrarse demasiado en los acontecimientos reconocibles, en los nombres ilustres, en la cronología bien ordenada. Todo eso está bien, pero si nos olvidamos de las personas anónimas perdemos la respiración real de la época.
No creo que la omisión sea siempre deliberada, a veces es simplemente una cuestión de foco. Pero como escritora me interesa desplazar ese foco. Me gusta contar qué pasa cuando la Historia, la de verdad, irrumpe en una vida normal y la obliga a tomar decisiones que nadie había previsto. Eso es lo que hace que una novela deje de ser un decorado bonito.
 ¿ ”La mirada de la Diosa” marca un antes y un después en el registro de tu obra?
M.C.R.: – Sí, en cierto modo sí. No porque rompa de manera radical con lo anterior, sino porque llevo más lejos algunos de los elementos que ya estaban presentes en mis libros previos, la intriga, la documentación histórica, la presencia del pasado en la vida de los personajes y el interés por lo que se oculta en las familias.
En “La mirada de la Diosa” he intentado ampliar el alcance emocional y simbólico de la historia. Hay una construcción más compleja de tiempos y espacios, una mayor convivencia entre lo histórico y lo personal, y una red de misterios que no se limita a resolver un enigma, sino que busca explicar una forma de heredar el silencio. Eso hace que el libro tenga una ambición distinta, aunque siga siendo reconocible dentro de mi manera de escribir.
No me gusta pensar en la obra como un corte tajante con lo anterior, sino como una evolución natural. Los escritores no solemos cambiar de piel de un día para otro; vamos afinando en nuestras obsesiones y arriesgando un poco más cada vez. En ese sentido, sí hay un antes y un después, pero más en términos de madurez y técnica narrativa  que de ruptura absoluta.
 ¿Tienes autores de referencia o eres más de obras independientemente de quien las escriba?
M.C.R.: – Ambas cosas. Leo a autores concretos, claro, porque acabo construyendo un mapa afectivo como lectora fiel de los autores que me entusiasman, los que me enamoran con su voz. Pero también me guío mucho por la obra en sí, por la atmósfera o por la forma en que un texto me obliga a quedarme un rato más. A veces un libro te atrapa sin que sepas muy bien por qué, y esa es una de las cosas más bonitas que tiene la lectura.
No soy de referencias rígidas. Me interesan más los libros que me enseñen algo, lo que sea, el tono, la estructura o el modo de mirar, que el nombre de su creador. Eso no significa que no tenga autores de cabecera, pero en este momento me importa más si una obra me emociona, me sorprende o me deja pensando.
En mi caso, además, la formación técnica y la lectura de novela histórica me han hecho bastante receptiva a la precisión, al trabajo de documentación y a las historias bien construidas. Eso no excluye la emoción; al contrario, creo que una novela funciona mejor cuando sabe combinar inteligencia y pulso narrativo. La erudición sin alma cansa, y el alma sin estructura se dispersa demasiado pronto.
                       – ¿Seguirás escribiendo novela histórica?
M.C.R.: – Sí, aunque no me gusta pensar en la escritura como una condena a repetir las mismas fórmulas. Seguiré escribiendo novela histórica en la medida en que siga encontrando historias que me apasionen y me exijan ese cruce entre investigación e intriga.  Mientras el pasado siga planteándome preguntas, yo intentaré seguir escuchándolo.  Creo que todavía  hay muchas historias por contar, así que sí, seguiré escribiendo novela histórica, pero a mi manera, sin encadenarme a un solo subgénero.  Si algo he aprendido es que las buenas historias no piden permiso para cambiar de forma.

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